jueves, 8 de septiembre de 2016

Testimonio Magdalena

Voltear atrás

Hace varios días María Andrea me concedió el honor de poder hablar de esto.

Amo escribir: me fluye naturalmente, como respirar, como sudar.

Sin embargo, este tema ha quedado colgando en blanco, a la espera.

Trabajo mucho, y es comprensible a veces que algunas cumplir algunas promesas y deudas cueste un poco más.

Recién acabo de reparar, que el asunto no es la carga laboral, ni el tiempo, ni la noche, ni la playa.

A esta hoja en blanco al otro lado de la pantalla no quería mirarla.

Así como por casi 20 años no me había atrevido a ver de frente a los ojos una realidad a la que simplemente le hacía a un lado, como cuando uno camina por la calle y ve a una señora indígena indigente pidiendo dinero con su niño en brazos: no la veo, ergo, no existe.

No existe, pero pega, duele, algo huele mal.

Y, ¿Qué es lo que huele mal? Sigamos con el ejemplo de la señora indígena indigente. Uno sigue de largo y piensa “Este país se fue a la mierda” “Pobres indígenas, nuestros portadores milenarios de la sabiduría de esta tierra” “Pobre señora” “Si la veo mucho, me va a pedir real”.

Entonces, una sigue de largo....ya pasó, no me vio, no la vi, la vida sigue maravillosamente bien.

Luego, te metes en redes sociales, conversas con personas, y el coro en común es “El país se fue a la mierda”. “Nada funciona”. Una se erige en gran opinadora de causas utópicas: nos creemos adalides de la verdad por publicar un meme, por decir una frase medianamente inteligente, un lugar común que genere muchos “likes”.... y la vida sigue. Y la imagen de la anciana indigente indígena sentada en el suelo con su niño de la mañana se va difuminando en la memoria hasta hacerse simplemente un vaho negro...una bruma oscura que queda atrás. No la ves, pero queda en la espalda.


Me practiqué cuatro abortos entre 1996 y 2010. Tres, quirúrgicos, y uno, con citotec. Y tuve una pérdida espontánea cuando quise tenerla, en 2010.

Tenía 18 años cuando me practiqué el primero, y casi cuatro meses de gestación. Creo que era niño. Lo llegué a sentir durmiendo en mi barriga cuando me despertaba en las mañanas. Llegué a golpear la panza con arrechera, con miedo, con frustración. Llegué a cantarle a la panza, llegué a escribirle poemas. Vimos juntos la película “Babe”, y me preguntaba si mejor seguía el curso de la naturaleza y veíamos qué podía pasar. El papá de la criatura al enterarse del embarazo ya se estaba aburriendo de mí, y empezó a engañarme con una amiga mía, que luego se convertiría en su flamante esposa. Mi “amiga”, era quien me daba consejos en mi desespero y terror. Las relaciones con mi madre eran una mierda: mi mamá estaba enloquecida y me trataba como su enemiga, como su competencia. Yo me escapaba de casa para verme con el que era mi novio y papá de la criatura, hasta que quedé embarazada y entonces empezó a apartarse de mí. Estaba en el tercer año de la carrera: una carrera dura y fuerte. La escuela de Idiomas Modernos de la UCV tiene fama de ser modelo de convento medieval con todas las implicaciones que tiene esta imagen poética. No tenía amigos: era el objeto de burla de todos...
Un año antes tenía la decisión tomada de suicidarme, hasta que por giros de la providencia empezaron a aparecerse en la calle personas que me “leían”. Sin conocerme, me ofrecían ayuda, me decían todo lo que sabían de mi vida, sin yo decirles nada. “Ten cuidado con un aborto”, me dijo un psíquico en la calle.

En aquella época yo no sabía que existía el otro lado de la pared. De niña, llegué a tener visiones, ensoñaciones y la certeza de que habían otras dimensiones: mi abuelita se despidió de mí en sueños poco antes de morir, y el misterio para mí siempre había sido un tema apasionante de niña.

Siendo una niña solitaria, y blanco siempre de las burlas de todos, las muñecas, los cuentos y la fantasía eran mi refugio.

Pero el tiempo pasa, y con él, la vida. Y este tipo de sensibilidades se atrofian, o se olvidan momentáneamente. Hasta que el dolor o el riesgo inminente de muerte hace que otros te lean y busquen ayudarte.

Esa tarde de junio, tres días antes de decidir matarme, apareció alguien que ofreció ayudarme en mi situación de vida. Me habló de energías.

Esa puerta que se entreabrió me permitió empezar a entender que la vida no era la desgracia que venía conociendo, y que había una esperanza.

A esa esperanza me aferré. Y me he venido aferrando por 22 años.

Y en esos 22 años de indagar en lo obvio y lo oculto, poco a poco empecé a construir tímidamente, muy poco a poco, con tropiezos, con caídas, con incongruencias y con muchos errores, las pequeñas cimientes de una autoestima que estaba totalmente desintegrada y pulverizada.

Yo no existía.

Y buscar existir pasó por etapas en las que desesperadamente buscaba amor.

Esa búsqueda de amor pasó por muchísimas veces en una búsqueda de aprobación sin dignidad.

Rechazos, desamores, traiciones, burlas. Burlas. Burlas.

Mi primera vez fue con mi mejor amigo de bachillerato y me enamoré como una estúpida. El chico me utilizó y yo no entendía que estaba jugando conmigo.

Pero yo era tan inocente en aquella época, que creía que las cosas eran así.

Luego, cuando logré cerrar esa historia, apareció este novio: se veía bonito, poético, real.

Cuando estás tan asfixiada y teñida de humo negro, a veces cuesta entender que la vida tiene una serie de ciclos, procesos. Y que en esta sociedad entregar tu cuerpo a la primera hace que el hombre ya pierda interés en ti rápido: que hay que hacerse esperar, para ir disfrutando el arte de conocerse y luego, amarse.

Con 18 años y las hormonas a punto, el atractivo en su apogeo y la desolación aplastándote, más bien te sientes como los perros sarnosos de la calle, que al primer cariño se van detrás de ti como penitentes.

Bueno, en ese contexto geopólítico, con tres meses y medio de gestación, el padre de la criatura y yo, conseguimos el dinero y fui a parar a una clínica clandestina en el casco histórico de Petare.

La clínica parecía un depósito de tortura.

Muchachas acostadas, adormecidas a los lados.

50.000 Bs costó la decisión.

El médico, cuyo nombre no recuerdo, era un hombre de unos 60 años, blanco, calvo.

No me vio a los ojos.

Se negoció la intervención. El padre del niño dio los reales y me pasaron a un cuartico. Ni siquiera era quirófano.

Estaba sucio.

Tenía baldosas azul y blanco.

Se me acercó un tipo a preguntarme cualquier cosa. Me inyectaron, y en eso me dormí.

No recuerdo más nada.

Desperté con la entrepierna ensangrentada.

“Ya está listo”.

“Tenía cuatro meses”, me dijeron.

De vuelta al “consultorio”, de paredes marrones de tablopán, mesa marrón. Conciencia marrón.

El médico de nuevo. No me veía a los ojos.

“Tómate tal cosa”. ¿Es un antibiótico? Pregunté.

No recuerdo la respuesta.

Ensangrentada, el chico me acompañó al metro y nos fuimos juntos.

No me acompañó a la casa.

Iba desmayándome, y un vecino me dio la cola.

Llegué a dormir.

Mis amigos espirituales, los que me hablaron del otro lado de la pared, fueron en mi auxilio, y logré pasar la tarde en casa de algunos de ellos a pasar el desangramiento. Me dieron de comer, y recuperé el color.

En la noche me tocó hacer de sirvienta, como era mi vida en esa época en casa: en el estado en que estaba me tocó cuidar de mi hermana y salir a hacer las compras para la casa. “Eres la muchacha de la casa”, me diría en una ocasión mi mamá.

Había decidido no tenerlo, porque tenía casi ocho años cuidando de mi hermana como si fuera mi hija, y quería tener algo de vida, coño. Sentía que la juventud se me iba a ir en cuidar muchachos. “Una no está para cuidar muchachos. Hay otras cosas, una vida qué atender”,diría mi madre en una ocasión...yo cocinaba.


Fui al ginecólogo a verme. Él desapareció, el padre. Más nunca llamó para saber cómo seguía yo. Ya estaba empatado con mi gran amiga.

En el médico me encontraron una enfermedad pélvica inflamatoria. Había una infección.

Yo no tenía plata, o no recuerdo.

La ginecóloga me condenó “Era una vida”. “¿Y mi vida qué? Interpelé”.

Ese día, sucedió algo que empezó a cambiar todo. Estaba nuevamente de compras de mercado y de niñera con mi hermana. Había comprado los antibióticos.  Por un instante vi lo que decía Demian de Hermann Hesse el “encontrarse uno mismo”. Vi la misma llamarada de luz en mi hermanita. Y luego en todos. No sé si habrá sido la presión de toda la situación, pero en fracciones de segundo experimenté lo que luego llamaría “Mi primer despertar”.

Por varios días lo comprendí TODO. Se me abrieron las puertas de la percepción, y por primera vez dejé de tener miedo.

Me atreví a confrontar a mi ex. Y hablé con mi madre, y le dije todo lo que había sucedido.

Por primera vez en mi vida pude hablar sin mentir, sin miedo a represalias, con dignidad.


Luego, decirle a mi papá: estoy infectada, aborté y necesito ayuda.

Él se quiso hacer el loco. Ella, mi madre, accionó y lo amenazó con llamar a la policía. Él nuevamente tuvo que responder a la fuerza.

Por primera vez pude decir mi verdad. Le dije todo lo que sentía, todo lo que pensaba de él. Sus humillaciones intelectualoides por yo ya no parecerle tan culta ni tan interesantes se las devolví en palabras.

Él tuvo que dar la cara. Fue a la casa de mi ma má. Mi papá no fue, y no dio la cara.

Ella, mi madre, denunció a la clínica clandestina y fueron presos todos.
A partir de ahí mi vida cambió para siempre. Él tuvo que ayudarme a pagar por el tratamiento médico y se retiró de mi vida con el rabo entre las piernas.

Ella, mi madre, me botó de la casa. Fui a parar a casa de mi papá, donde viví con él, su esposa y mis medios hermanos por siete años.

Fui un tema tabú para ambos padres por un buen tiempo.

Aún así, esa llamarada de iluminación que se me abrió, ese portal de entendimiento que me permitió entenderlo TODO de inmediato me había transformado y ya no tenía miedo.

Recuerdo que por haberlo entendido todo sentí una paz tan inmensa y una felicidad tan grandes que no tenía más qué hacer en este plano y que lo que me tocaba era partir...

Fue cuando sentí por primera vez la paz de la muerte, del pasar de plano.

Hay dos tipos de muerte: la muerte blanca y la muerte negra, y en menos de un año llegué a sentirlas de cerca a las dos.

Y a ambas las trascendí.

Decidí quedarme, y seguir.

Bajar a tierra de nuevo me tomó más tropiezos, y una nueva vida con una nueva familia. Conocer a mi padre de cerca, y enfrentarme a una enemiga acérrima que hizo lo indecible porque me fuera de su casa.

Todo lo que me salvó de mí misma fue mi decisión férrea de buscar a Dios.

Dicen que era varón. Que iba a ser como mi ex pareja y como mi madre. Iba a nacer a finales de noviembre, como el papá. Iba a ser sagitario.

19 años después reapareció el padre. A pedirme perdón.

Lo perdoné. Me perdoné y en tributo a su memoria él me hizo un tatuaje que me acompaña en mi hombro derecho. En tres horas de la sesión hablamos de todo lo que fue, lo que sentimos, lo que pasó, y quedó grabado para siempre ese recuerdo en mi piel.

22 años después le puse nombre. Se llama Lou.

Las otras tres experiencias y la pérdida son réplicas a menor escala de aquel primer movimiento telúrico grado 9 de Richter.



Al igual que en la experiencia imaginaria del principio, en los cuatro casos me hice media vuelta y seguí adelante, y el recuerdo se transformó en un vaho negro que quedaba a espaldas mías, y hasta hace no mucho entendí que debía darme media vuelta y voltear a entender qué era ese mal olor.

Cosa curiosa, hoy en la mañana salí del trabajo y vi a esa señora de la que estoy hablando  ficticiamente. Esta vez me detuve. Saqué de la cartera 50Bs. Le pregunté si tenía hambre, si había comido.

Se llama María y sí, tenía hambre. Que se para todas las mañanas hasta las 3 PM ahí. Quiero ver cómo la ayudo.

Me he ido parando poco a poco a verles la cara a mis cinco recuerdos, les puse nombre, los abracé, y son parte de mí.

En estos 22 años la espiritualidad me salvó de mí misma. La búsqueda a Dios me ayudó a aprender a amarme, y ha sido muy difícil y muy duro ver a la cara el hecho de haber matado a mis cuatro hijos. Solo cuando lo reconocí abiertamente, entendí que ese vaho negro y ese mal olor solo iban a desaparecer el día en que los viera a la cara y les hablara, como a la señora María.

También todo este tiempo ha servido para dar media vuelta y ver a los ojos a mis padres, a los exes, a todas esas experiencias desde otra dimensión, escuchar sus razones, motivaciones, y así poco a poco ir disolviendo grandes pesos que por mucho tiempo había venido cargando en mis espaldas: todos hacemos lo mejor que podemos, incluso cuando cometemos errores.

Ella, mi madre, una persona que también venía de historias muy duras, dolores, temores. Mi padre, sus temores, angustias...en medio de todo, y a pesar de todo, su apoyo incondicional, presencia y palabra han estado siempre, en aquella tragedia, y en todos estos años. “Todo lo que las madres hacemos, lo hacemos por amor”, diría un día mi vieja. Y es verdad, incluso haberles dado de futuro la muerte a esos seres, fue para mí lo mejor que en ese momento yo podía hacer.

Incluso aquellas parejas, y aquellas experiencias aparentemente fallidas. El miedo nos lleva a cometer locuras, y a sacar lo peor de nosotros, pero en el fondo nadie quiere conscientemente generar dolor.


Sirva este escrito para honrar la memoria de los cinco niños que me habitaron brevemente:

Lou,
Laura,
Leonardo
Sofía y
Pez.

Esta es la primera vez que me atrevo a escribir abiertamente al respecto, y la primera vez que volteo a verle la cara a esta hoja en blanco que tenía rato esperándome.

Estoy en proceso de perdonarme por todo este tiempo, por todas esas decisiones, aciertos y desaciertos, y por eso esta carta.

Que la eternidad los bañe de bendiciones, gracias por haber sido parte de mí. Gracias por haberme acompañado en los momentos más oscuros, y por haber aparecido para darme una oportunidad de creer en la vida. En su memoria, busco ser feliz, y estar en paz.


Gracias.

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